Claudia Baros, de 53 años, es profesora de historia y desde hace seis años trabaja en el Liceo Lenka Franulic de Ñuñoa. Su experiencia con estudiantes con TEA comenzó en 2019, coincidiendo con la visibilización que trajo la Ley TEA, y desde entonces ha debido adaptar sus clases con estrategias diferenciadas, pese a no haber recibido capacitación formal. “He aprendido desde la práctica y con apoyo del equipo PIE, pero nunca dentro del aula”, afirma.
Baros asegura que la voluntad de inclusión existe, pero que el sistema no entrega las condiciones necesarias: no hay personal especializado acompañando en clases, los equipos de apoyo tienen una capacidad limitada y la alta demanda impide planificar en conjunto. Aunque valora la norma, cree que no responde a la realidad cotidiana de los colegios: “La ley no considera los recursos humanos ni materiales que requieren nuestros estudiantes. Sin eso, la inclusión queda como un discurso bien intencionado, pero insuficiente”.

¿Ha tenido estudiantes con diagnóstico TEA en sus clases? ¿Con qué frecuencia?
—Sí, he tenido estudiantes con diagnóstico de TEA desde 2019, especialmente tras la visibilización que ha permitido la promulgación de la Ley TEA. Su presencia ha sido constante en distintos niveles, lo que ha también ha exigido ajustar las prácticas pedagógicas con mayor frecuencia. Es una nueva realidad que pretende dar luces de una educación más inclusiva y menos segregada.
¿Cómo ha cambiado su práctica docente, si es que lo ha hecho, desde la implementación de la Ley TEA?
—Mi práctica docente ha cambiado notablemente. He implementado estrategias diferenciadas gracias al apoyo del equipo PIE, como la diversificación de tareas y la simplificación de instrucciones. Pero igual estos cambios se han realizado sin apoyo directo dentro del aula, lo que implica un desafío adicional al momento de garantizar una inclusión efectiva.
¿El colegio ha tomado medidas específicas para adaptarse a esta Ley, como capacitación docente, materiales, infraestructura, etc?
—El colegio ha impulsado ciertas medidas, como el acompañamiento del equipo PIE, pero no se han implementado cambios estructurales significativos. No ha existido una capacitación formal docente ni adaptaciones en la infraestructura, lo que limita mucho el alcance de los esfuerzos inclusivos.
¿Ha recibido formación o apoyo para adaptar sus clases a los estudiantes con TEA?
—No he recibido una capacitación formal en este ámbito. Las adaptaciones que realizo se basan en la experiencia, el trabajo colaborativo y la orientación del equipo PIE, lo que igual demuestra la necesidad de instancias formativas permanentes para nosotros los docentes. Lo más que se han realizado son charlas con los apoderados, con el consejo de profesores y alguna que otra conversación respecto a algunos casos de nivel 1 y 2 de TEA.
¿Qué estrategias ha utilizado para incluir a los estudiantes con TEA en sus clases de historia?
—He desarrollado algunas estrategias como la diversificación de tareas, el uso de instrucciones que sean mucho más claras y concretas, y también algunos ajustes en evaluaciones y actividades de aula. Igual he trabajado en el fomento del trabajo colaborativo cuidando los tiempos, roles y dinámicas para que todos los estudiantes participen y también puedan comprender lo que se hace. Porque siempre hay que tener presente que ser TEA es una condición, no una dificultad ni mucho menos una enfermedad. Ellos también pueden y tienen derecho a aprender, solo hay que saber cómo enseñarles.
¿Siente que el sistema educativo en general, y en particular en su colegio, está preparado para aplicar la Ley TEA de manera efectiva?
—Desde mi experiencia, yo siento que no. La aplicación de la Ley TEA requiere una mayor inversión en recursos humanos y materiales, y especialmente, la presencia de personal especializado dentro del aula que colabore en tiempo real con los docentes.
¿Qué rol cumplen los equipos de convivencia escolar, psicopedagogos o educadores diferenciales en estos casos?
—El equipo de convivencia escolar aplica estrategias más de resolución de conflictos, protocolos y primeros auxilios emocionales cuando se presentan situaciones complejas, como que un niño se desestabilice, por ejemplo. Los equipos psicopedagógicos y diferenciales, por su parte, nos asesoran a nosotros los docente, pero su capacidad de acción en el aula igual es limitada por la alta demanda institucional.
¿Hay canales efectivos de comunicación entre los profesores y las familias de estudiantes con TEA?
—Sí, existen canales de comunicación, pero muchas veces se ven limitados por la carga horaria de los docentes. A pesar de eso, igual se intenta mantener una relación fluida con las familias de los niños para compartir avances y preocupaciones respecto al proceso que están llevando.
¿Cree que existe colaboración real entre los distintos actores del colegio para apoyar a estos estudiantes?
—Sí existe colaboración, pero se ve muy restringida por la falta de tiempo planificado, específicamente en cuanto a diseñar estrategias efectivas de inclusión. La voluntad está, pero se requieren mejores condiciones de trabajo para llegar a hacerla efectiva.
¿Considera que la Ley TEA responde a las necesidades reales del aula?
—La Ley TEA es un avance en términos normativos, pero no responde completamente a las necesidades reales del aula, ya que no considera las particularidades de cada comunidad educativa ni entrega los recursos necesarios para una implementación efectiva.
Desde su experiencia, ¿qué aspectos de la Ley deberían mejorarse o reforzarse?
—Desde mi experiencia yo considero que se deberían aumentar los recursos para los colegios, permitiendo más horas de planificación, la presencia de asistentes o especialistas en el aula, y la adaptación profesional de instrumentos que no nos sobrecargue a nosotros los profesores. Porque así la inclusión ya no recaería exclusivamente en la capacidad del profesor titular.
¿Qué recomendaciones le haría a otros docentes que recién comienzan a trabajar con estudiantes TEA?
—Yo les recomendaría buscar formación continua, participar en redes de apoyo docente y también intercambiar experiencias con otros profesores. La colaboración y el aprendizaje entre pares es algo clave para avanzar en las prácticas inclusivas efectivas.




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