Tamara Cabrera, psicóloga del área clínica, ha trabajado desde 2020 con pacientes del espectro autista. Desde su experiencia en el área destaca la importancia de “un buen trabajo terapéutico, pero multidisciplinar” con los niños TEA, que involucre un trabajo tanto con la familia como con diferentes profesionales para lograr avances importantes.
Sin embargo, señala que aún faltan recursos para una mayor especialización y desarrollo de herramientas que lo permitan, ya que las políticas públicas actuales se enfocan solo en las propuestas de la Ley TEA que aún no son capaces de abarcar todas las áreas necesarias para las necesidades del espectro autista.

¿Qué aspectos destacaría de su experiencia trabajando con pacientes TEA?
—Yo destacaría harto en el espectro autista que cuando se hace un buen trabajo el avance es muy bonito. Porque aunque se tenga al mejor psicólogo, el psicólogo con un diagnóstico de espectro autista no va a lograr un avance importante, especialmente cuando hay un espectro autista de nivel 2 o 3, que son mucho más complejos. Se necesita un trabajo multidisciplinar, trabajando con la familia y diferentes profesionales en pro de los desafíos que representa ese niño. Uno logra avances cuando entiende cómo ellos ven el mundo.
¿Ha percibido cambios en los criterios de diagnósticos del TEA en los últimos años?
—Más que cambios como tal, considero que los criterios de diagnóstico se toman mucho más a la ligera que antes. Por ejemplo, se dice que las personas del espectro autista son muy ordenadas o juegan a organizar las cosas bajo ciertos patrones como de mayor a menor o por colores, entonces, si un niño presenta estas conductas se piensa inmediatamente que pertenecen al espectro. O si tiene dificultades con las texturas, cuando en realidad podría ser que el niño tenga alguna dificultad sensorial. Sin embargo, actualmente todo lo empiezan a encajar dentro del diagnóstico.
¿Cómo cree que ha influido esto en la práctica clínica y en la cantidad de diagnósticos?
—Yo diría que muchísimo. Por el mismo aumento de diagnósticos hay muchas familias que van buscando ayuda preventiva porque tienen miedo de que su hijo pueda pertenecer al espectro. Ese temor nace del gran número de casos, pero muchos niños realmente no es que pertenezcan al espectro, sino que a veces son más estructurados por crecer en un entorno familiar así. Pero cuando se ven comportamientos diferentes se cae mucho en diagnósticos precoces; ven al niño un par de veces y dicen “ah, tiene TEA”, cuando la realidad es que se necesita una evaluación mucho más exhaustiva.
¿Cómo podrían terminar dándose esos diagnósticos errados?
—Por ejemplo, con ADOS, que es el test que evalúa el espectro autista. El otro día leí un artículo que hablaba justamente de esto, y señalaba que si no se tienen años de experiencia clínica en el espectro autista, para poder discriminar bien lo que aparece ahí, entonces no debería aplicarse. Pero muchas veces las personas se certifican en ADOS y empiezan a aplicarlo sin haber trabajado antes con el espectro. Ahí es donde parte el problema, porque, ¿cómo voy a lograr analizar bien el test si yo no he tenido experiencias previas en las que he visto una gama del espectro autista? Eso da paso a muchos diagnósticos erróneos e incluso a mucha incredulidad, gente que a veces no cree que sus hijos puedan tener TEA, lo que es muy dañino para las personas que en verdad tienen el diagnóstico y necesitan apoyo.
Desde la psicología, ¿se conoce actualmente cuáles son los factores biológicos, neurológicos y psicológicos implicados en el TEA?
—Durante mi diplomado, esa era una de mis más grandes interrogantes, si existía una variable biológica o no. Y efectivamente, hay una variable biológica que ha costado mucho precisar y aún no se consigue especificar cuál es el componente, si viene directamente de los padres o si es a nivel familiar, pero hay una. Desde mi experiencia puedo decir que en cada caso que he trabajado, alguno de los padres tiene algún rasgo del espectro autista. Algunos padres que han ido a evaluar a sus hijos se terminan viendo identificados en las conductas de los niños, entonces dicen “tal vez yo también me debería evaluar”, lo hacen y, efectivamente, tienen un rasgo.
¿Considera que el aumento de casos es porque hay más personas con TEA que antes o que es porque se han mejorado las herramientas y existe mayor conciencia del diagnóstico?
—Considero que depende de que hay muchas más herramientas de evaluación y que ahora somos hartos los que trabajamos en el espectro autista. Además de que hay más conciencia; Chile crece contigo, por ejemplo, es un tremendo aporte con el control del niño sano, ya que ayuda a que visualicen si hay algo que no es propio de la edad de los niños y se derive a expertos. La Ley TEA también posibilita que la salud pública tenga un proceso de apoyo a las personas del espectro. Así que, más que aumento en la prevalencia del TEA, creo que es el aumento de la evaluación y la búsqueda de apoyo lo que ha aumentado los casos, lo que también va de la mano con los diagnósticos prematuros errados.
¿Hay también adultos que van a buscar un diagnóstico para ellos?
—Sí. De hecho, también hay muchos adultos de más de 30 años que se han empezado a evaluar con el espectro autista, porque tienen la interrogante de que a lo mejor siempre tuvieron TEA y gracias a los avances ahora pueden resolver esa duda. Porque claro, no es que cuando tenían cinco años no tuvieran TEA, porque esto no es algo que se desarrolle a los 30, sino que siempre lo tuvieron pero el conocimiento no estaba al alcance para evaluarse antes.
TEA en Chile
Usted también trabajó con el espectro autista en el sistema educacional, ¿cómo valora la respuesta del sistema chileno ante los niños con TEA?
—Yo creo que desde el sistema educacional tradicional hay una intención real de generar esa inclusión de la que todos hablan, de hacer una clase pensada en chicos con espectro autista, sin embargo, en la práctica yo creo que eso no siempre ha resultado de verdad. Yo confío en que existe la intención de mejorar el sistema educativo y hacerlo idóneo para todos, pero en la práctica he visto de primera que mano no es posible. Porque la realidad chilena nos deja con 45 niños en la sala donde están permitidos tres niños con necesidades educativas permanentes. Eso no significa que no haya más niños en la sala que no tienen el diagnóstico. Entonces, en los primeros años principalmente, se hace muy difícil que los docentes puedan responder a las necesidades de cada niño. Como está formulado el sistema educativo no existe la posibilidad de trabajar uno a uno y enseñar al ritmo y necesidad de cada uno. No da abasto.
Entonces, ¿cómo consideraría la preparación emocional y pedagógica de los docentes para abordar las neurodivergencias como el TEA?
—Yo creo que no están preparados. Porque en su malla probablemente no hay una especialización respecto a estas diversidades y eso muchas veces afecta el nivel emocional del docente. Porque trabajar con niños con estas necesidades implica un trabajo emocional personal del docente, del psicólogo, de quien esté trabajando con ellos, porque los niños tienen crisis de desregulación, lo que genera que algunos se golpeen o golpeen a otros. Ahí es donde hay que estar emocionalmente preparado para tratar la situación. Creo que falta mucho ese apoyo y preparación constante.
¿Qué aspectos positivos considera que ha habido tras la implementación de la Ley TEA en Chile?
—Yo creo que lo que más ha hecho la ley es ayudar a visibilizar el espectro autista y a buscar que haya menos segregación y discriminación hacia las personas con TEA.
¿Considera que la Ley TEA puede impulsar una inclusión real o existe el riesgo de que se convierta en una medida más simbólica si no está acompañada de recursos humanos y materiales suficientes?
—Totalmente lo segundo. Yo creo que la Ley TEA es un puntapié inicial, que sí era necesario y que aporta, pero no podemos quedarnos solo con eso. El trabajo es mucho más. Las políticas públicas no deben enfocarse solo en la Ley, sino que debe haber un constante desarrollo de herramientas, de recursos para que haya más especialización en el área, que se exijan diagnósticos realizados por especialistas. La Ley da un buen inicio, pero queda mucho trabajo por hacer que debe ser constante. No creo que haya que llegar a un texto, sino que en materia de salud mental estamos al debe como país. Desde ahí falta mucho por trabajar y aprender de otros países.





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