A dos años de la promulgación de la Ley TEA el número de casos de personas pertenecientes al espectro autista ha aumentado debido a la mayor visibilidad. Gracias a los avances en los diagnósticos, muchos adultos han comenzado a descubrir que también pertenecen al espectro, este es el caso de Lynda Pavez, quien a sus casi 30 años apenas ha descubierto que tiene autismo.
Lynda Pavez camina por el patio de la Universidad Católica de Chile con paso lento. Ha salido de una de sus clases de química que se le ha hecho particularmente compleja, no por el contenido en sí, sino porque el trabajo en equipo que han tenido que hacer en laboratorio le recordó una vez más que no encaja con el resto de sus compañeros.
Suelta un suspiro, cansada. Ha tenido problemas de salud mental a lo largo de su carrera y la ha pausado incluso un par de veces, pero no quiere volver a hacerlo ni caer de nueva cuenta en un cuadro de depresión. Pero el hecho de no tener compañeros con los que hablar como el resto y mantenerse tanto tiempo sola también le empieza a perjudicar.
Mientras su camino la lleva al interior de un Castaño en el patio de la universidad para comprarse una galleta, recuerda a algunos compañeros que conoció en una situación similar. El último había dicho que ya no podía más y que se iría de la universidad, que mejor se dedicaba a vender algo antes que seguir ahí. No era el primero que veía tomar una decisión así. Varios compañeros de carrera que podrían haber sido excelentes químicos o investigadores en el futuro habían dejado la carrera, a muchos de ellos los había intentado ayudar incluso.
Ella también ha llegado a tener esos pensamientos… pero no quiere tener que renunciar a lo que ama.
Es el último día de clases en el programa Penta donde Lynda da tutorías. Como es normal, empiezan las despedidas, los discursos grandilocuentes y las expresiones de cariño hacia los estudiantes con los que han pasado un año entero y a muchos de los cuales no volverán a ver. Lynda acaba de escuchar el discurso final de uno de los compañeros que trabajan con ella en el programa; ha sido emotivo, lleno de esa energía y cariño hacia los estudiantes que tanto lo caracteriza. Pero ahora es el turno de Lynda para despedirse y ya siente el corazón en la garganta.
Camina hasta el centro del pizarrón y le dedica una mirada a todos sus estudiantes. Sí, les ha cogido un gran cariño a lo largo del tiempo y está muy orgullosa de lo mucho que han progresado, y claro, también va a extrañarlos… pero poner esa clase de cosas en palabras nunca ha sido fácil para ella.
Tras dar un paso al frente empieza con su gran discurso.
Adiós, que les vaya bien. Los quiero mucho.
Con esas palabras, da media vuelta y vuelve a su lugar. La parte social siempre ha sido un desafío para ella, mucho más que cualquier investigación o experimento científico.
Lynda camina con una sonrisa por el enorme patio de la Universidad Católica de Chile en dirección al Castaño. El frío que muerde la piel la ha llevado a refugiarse en el interior de la cafetería impregnada de un fuerte aroma a chocolate, café y pan caliente, para buscar alguna bebida que le ayude con el frío en los dedos. Lleva un polerón negro con la insignia de la universidad en el lado izquierdo del pecho y encima, un colgante azul con su tarjeta de identificación como profesora que porta con orgullo como un recordatorio de haber conseguido terminar su carrera.
“Llegar hasta donde estoy todavía es increíble”, menciona mientras toma un vaso desechable para ponerlo en la máquina de cafés. “Pasé por depresión muchos años sin entender cuál era mi problema. No sabía lo que tenía y me sentía rara, me decían que era cualquier cosa. Fue hasta hace súper poco que me enteré de que era autismo”.
La fila para pagar, aunque larga, avanza rápido. Cuando es el turno de Lynda paga su café con tarjeta y luego se dispone a salir para sentarse en una de las mesas de madera que hay justo afuera, ya que, a pesar del frío, no hay muchos lugares en los que refugiarse; al menos hay un techo de metal que cierra apenas el paso del viento.
Lynda le da un sorbo a su café antes de continuar. “Hay muchos adultos que, al igual que yo, se enteran hace poco de que tienen autismo. Pero si uno se pone a pensar, ¿cuánta gente en las carreras, que tienen autismo y no lo saben, quedan en el camino? O ¿cuánta gente no piensa que tiene un problema y ni siquiera intenta hacer las cosas porque falla, y nunca se enteran que tienen TEA?”
Deja el vaso en la mesa sin soltarlo del todo y su mirada se desvía hacia un punto invisible, recordando. “Si yo hubiera sabido hace 10 o 15 años atrás que tenía autismo tal vez podría haber hecho algo a tiempo. ¿Cuántas cosas me podría haber ahorrado? Algunas cosas incluso podrían haber resultado antes, quizás ahora yo tendría mi propio laboratorio”. Hace un ademán con la mano con clara frustración. “Porque claro, a mí me pesa el hecho de mi edad ahora, pero no puedo culparme por las cosas que no sabía cómo hacer. Al final, la sociedad tampoco sabía, no habían ayudas suficientes”.
Años antes de la promulgación de la Ley TEA en 2023, la visibilización del espectro autista era casi nula en Chile, lo que significó falta de diagnósticos y ayudas oportunas a muchas personas que, como Lynda, pasaron gran parte de su vida sin siquiera saber que tenían TEA. Actualmente, la Ley ha visibilizado mucho más el espectro y ha entregado ciertas ayudas, pero sigue sin ser suficiente para la integración de las personas autistas.
“Cuando partió la Ley TEA hubo solo apoyo para los niños y se olvidaron de nosotros los adultos. Ahora han empezado a apoyar a los adultos y hay hartos estudios universitarios. Pero, ¿qué pasa después de eso? ¿Qué pasa con los que quieran tener un camino académico o algo así? ¿Hay oportunidades para ellos? ¿Hay apoyo?” Lynda baja la vista al vaso con café un momento, girándolo entre sus manos. “Por ejemplo, aquí en la universidad tienen un programa de inclusión al cual yo tuve que insistir para que me tomaran en cuenta, porque soy la única que ha cursado un doctorado y que está oficialmente en el programa de inclusión, a pesar de que hay más estudiantes con autismo. Pero el TEA no es algo que sea bien visto. Yo siento que es parte de nuestros derechos y he peleado por eso. De hecho, la Ley se supone que resguarda nuestros derechos, pero, ¿qué tanto?”
Lynda se lleva el café, ahora tibio, a los labios con una mueca de ligera decepción y tras beber un sorbo, agrega “Yo hice un diplomado sobre autismo, pero al final resultó ser solo en niñas, y eso no lo decían cuando uno lo tomaba. Pero, ¿por qué solo en niñas? Porque lamentablemente no hay información hecha en adultos. Aunque la Ley TEA exista, aún le faltan demasiadas cosas para funcionar de verdad, especialmente en nosotros los adultos”.